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Silvia Suja - Psicóloga y Terapia Gestalt Barcelona

Hoy he decidido buscar. Me declaro buscador oficial del reino de los buscadores. Hoy emprendo camino de no retorno. Mochila, provisiones y dispuesto a girar el pomo de la puerta que dejo atrás. Tiempo después, tal vez años después, me daré cuenta de que todo lo que quise dejar atrás, vino conmigo y estuvo muy presente. Bien pegadito a mí, como si de otra mochila en la espalda se tratara. Pero ahora no olvidemos que estoy saliendo de casa camino de mi libertad. Ayer dejé las alas tendidas en el jardín para que hoy lucieran espléndidas cuando por fin las hiciera volar. Mochila, alas y acción. ¿Y en busca de qué voy? Quiero saberlo y vivirlo todo, ansío experimentar, reflexionar y al fin encontrar. Pero, ¿y qué espero encontrar? Mis pensamientos me nublan la vista. Agito la cabeza para evitar que me distraigan del plan de salida. Eso está claro. Confío en que la dirección la sabré cuando me encuentre en la intersección…

Ese fue el inicio de un largo viaje. Conocí mundo. Me cubrí de polvo entre libros y escrituras milenarias y ascendí montañas con todo mi cuerpo y mi ser. Conviví con sonrisas y gestos, y conocí el frío latir en mis huesos. Me despeiné. Peiné terrenos en busca de comida. Y bebí caldos que sabían a gloria. Perdí mi equipaje varias veces y no me importó. Empecé a entender que la verdadera mochila jamás la perdería. Una mochila donde, pequeño pero pesado, continuaba guardado algo; mis ansias de buscar y mi anhelo de encontrar.

Y un día cualquiera, en un país cualquiera, el peso de aquella mochila y el peso de todo mi ser fue ya insoportable. No supe hacer otra cosa que ponerme a caminar. Necesitaba moverme para distraer mi mente que gritaba en mil direcciones y se anudaba en si misma cada vez más fuerte. Mi mochila hoy pesaba más que nunca. La imagen de aquella experiencia era la de un ovillo hecho de centenares de hilos de pensamientos que me apretaba con fuerza justo en el centro de la cabeza. Cuando me di cuenta, me encontraba parado frente a un río. Me quedé largo rato en silencio observando aquella amalgama de texturas y tamaños que componían mi cabeza. Hasta que en uno de los laterales de aquel ovillo, observé como asomaba uno de los hilos. Y ni corto ni perezoso, empecé a estirar. Tal vez estuve horas y horas estirando de cada uno de ellos, largos y finos, cortos y gruesos, de distintos colores. Cada vez el nudo era menos denso, pesaba menos y me dejaba ver más allá. En la distancia pude escuchar a mis rodillas pesadas reclamar descanso. Así que me senté, y continué estirando. Empecé a ver con mayor nitidez de lo que estaban formados aquellos nudos. Eran hipótesis, interpretaciones de la realidad. Eran pensamientos abstractos acerca de la vida y la muerte, de la felicidad, del sentido de la vida, del sentido de la búsqueda, de mi propia búsqueda… Y a medida que el nudo iba disminuyendo, los pensamientos eran más sutiles, menos elaborados. Eran recuerdos. Una mirada, un gesto, un abrazo, una sonrisa… Cuando estiraba el último hilo, de repente me sorprendí viéndome a mi mismo de niño. Estaba frente a mis padres, jugando, saltando de sillón en sillón, inquieto y juguetón. De repente miraba a mis padres y en tono solemne y levantando una espada de juguete, gritaba: – Papá, mamá. Hoy me declaro buscador oficial del reino de los buscadores!-. Y saltaba rápido del sofá y corriendo me dirigía hacia el jardín desapareciendo entre los arbustos.

Ya no hay nudo.

Mente en blanco.

Mente tranquila.

Descanso.

Respiro.

Silencio.

Y por un instante, dejo de buscar…

Silvia Suja - Psicóloga y Terapia Gestalt Barcelona

El buscador siguió latente toda su vida. Era parte de su esencia. La diferencia fue que desde entonces, desde aquella experiencia al borde del río, él aprendió a buscar desde un lugar más sereno. Aprendió que estirando del hilo siempre acababa encontrándose con él mismo. Aprendió aquello de que “todos los caminos llevan a Roma”. Su búsqueda ahora no pesaba, era más bien ligera y juguetona. Era curiosa y enérgica. Ahora era la búsqueda de un niño sin mochila.

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Este relato habla de la búsqueda neurótica y de la búsqueda interior. El protagonista inicia su búsqueda desde una impulsividad que le dificulta ver con claridad aquello que verdaderamente está buscando. De un modo frenético y desde la inercia, el joven experimenta y se pasa la vida buscando con la sensación de que nunca es suficiente. Hay un peso que le dificulta el camino y que en la historia se ilustra como su mochila. Es la señal de aviso de que hay algo que ya no funciona. El protagonista sufre un colapso y su reacción neurótica vuelve a ser ponerse en acción, en movimiento, evitando así topar con algo más profundo. Pero esta vez llega a un extremo de confusión mental que lo bloquea como jamás hasta entonces. Y a través de observar aquel ovillo repleto de sus propios pensamientos, es capaz de ir descapando su propia cebolla llegando a un estado meditativo donde encuentra la calma. No sin antes ir observando los diferentes extractos que conforman esta cebolla. Primero los pensamientos que le bloquean, con pensamientos acerca de la vida y su sentido, después toca con sus recuerdos emocionales, para al final ir a dar con su niño interior que busca desde un lugar sano e inocente. Desde ese lugar de calma, la búsqueda para él adquiere otra magnitud y otro talante. Desde ese lugar, su búsqueda es un impulso vital consciente que él mismo elige, y no una fuerza avasalladora que le domina. 

 

Además, si quieres, puedes escuchar el relato narrado por José Luis Rijo, terapeuta gestalt y sociólogo, además de un narrador de fábula. Escuchar el relato a través de su voz y los sonidos ambientales que incorpora, dotan al relato de otra nueva dimensión. Para mí más bella y más profunda.

2 Comments

  • Mery Martin
    Muchas gracias por grandioso aporte a técnicas Gestalt
    • silviasuja
      Gracias! Me alegra mucho saber que la lectura del relato pueda agradar. Yo disfruté mucho escribiéndolo.:-)

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