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Silvia Suja - Psicóloga y Terapia Gestalt Barcelona

Érase una vez un fuego intenso, vivo y grandioso. Un fuego que alumbraba a todo aquel que pasaba por delante. Un fuego que crepitaba sin parar, y con ello atraía a todo caminante que topaba en su camino. Una vez a su lado, calentaba y entregaba su calor con un despliegue de artificios que asombraba al más escéptico de todos. Sus colores eran los del corazón y la piel, y su danza seductora aturdía los sentidos. Destellantes, sus llamas subían y se elevaban con fuerza, y si decidían bajar, no era más que para darse impulso de nuevo y conquistar un poco más los cielos. Día y noche ardía, crepitaba, daba calor. Y día y noche su baile era incesante, casi frenético.

Un día llegó la lluvia. Los habitantes del lugar pensaron que el fuego, al no tener más cobijo que las estrellas, no podría resistir a tan abundante agua. Corriendo se dirigieron al lugar y cual fue su sorpresa al ver frente a ellos sus llamas orgullosas, que ardían, calentaban y crepitaban más que nunca. A medida que se elevaba más y más, sus colores eran cada vez más intensos, y su luz cegaba a todo aquel que osaba mirar. Lo que al principio era alegría, sorpresa y admiración, poco a poco fue convirtiéndose en miedo y desconfianza, pues el fuego empezó a soltar chispas invasoras que quemaban todos los caminos y a todos sus caminantes. La huída fue masiva, y en cuestión de minutos el fuego se quedó solo, sin nadie que lo admirara y contemplara y rodeado de un terreno cubierto de desastre, cenizas y silencio.

Silencio.

Silencio.

Silencio…

De repente, del silencio nació un sonido. Era el suyo propio. Empezó a escuchar el sonido apagado de sus troncos, su grito ahogado de llamas extinguiéndose. Se empezó a escuchar y entonces también se empezó a sentir. Sintió cómo se ahogaba, cómo su intensidad disminuía y su movimiento perdía fuerza. Se sentía débil y apagado cuando cayó la primera gota. Era la primera gota de lluvia que podía sentir. Al instante, sus llamas reaccionaron y estallaron una última vez hacia arriba para después caer y convertirse en pequeñas chiribitas que se movían juguetonas y suaves. Desde esa suavidad, ahora el fuego se sentía más vivo que nunca. Aliviado, sin esfuerzo, entregado al agua y en contacto pleno con la tierra donde se iba apagando. Ahora también él se podía mojar y refrescar con la lluvia.

Siguió mojándose durante un buen rato, relajado y disfrutando de su ligereza. Pasaron varias horas. Hasta que después de largo tiempo de nubes negras y torrente, del sonido de la lluvia nació sutil un último suspiro. Suspiro de vida que aún pareciendo morir, se convirtió en humo y se expandió con decisión y gloria.

Entre la oscuridad del humo y sus cenizas, se puede ver el perfil de curvas de una mujer intensa que ahora descansa. La lluvia ya queda a lo lejos. Y las gotas ahora son lágrimas que descansan en su rostro.

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